Art. ¿Es lo mismo emoción y sentimiento?

Este artículo resume y extracta algunos conceptos contenidos en mi libro “Mejor liderar que mandar”.

¿ES LO MISMO “EMOCIÓN” Y “SENTIMIENTO”?

Hay autores que utilizan indistintamente los términos “emoción” y “sentimiento”, aunque por mi experiencia no estoy muy de acuerdo, y vamos a ver por qué.

¿Alguna vez se ha planteado usted para qué tiene emociones? ¿Qué le aportan? Lo cierto es que nuestro cerebro “pensante” racional -básicamente nos referiremos al córtex prefrontal- es muy limitado para decidirlo todo en nuestra vida. Por eso reservamos nuestro cerebro racional para ciertas actividades, porque en otras supondría una limitación. ¿Se imagina decidir cada mañana basándose en el análisis racional qué zapato se pone primero? Jamás hubiéramos sobrevivido como especie de esa manera. Para que se haga una idea aproximada, su cerebro gestiona en un solo minuto unos 11.000 procesos mentales. De ellos, ¡sólo unos cincuenta son conscientes! ¡El grueso de nuestra vida transcurre en el inconsciente!

Con el fin de aligerar nuestros procesos de decisión disponemos de atajos, como por ejemplo los hábitos… y también de nuestras emociones, que nos predisponen en favor de ciertas opciones que intuimos -que nos “apetecen” más- y eso acelera el proceso de decisión. Está demostrado científicamente que el ser humano no es un “ser racional” como nos enseñaron en el colegio. En un año ya tan lejano como 1994, Antonio Damasio planteó que el ser humano no es un ser racional, sino un ser que razona sobre una base emocional previa que condicionará cómo va a pensar. Es decir, que primero sentimos y luego pensamos. Por lo tanto, la respuesta de nuestro cerebro ante los impulsos del entorno ya nace mezclando emociones y pensamiento en la inmensa mayoría de circunstancias. Por ejemplo, cuando usted calcula una simple operación aritmética es probable que no implique sus emociones, pero sólo con que tenga algo de prisa, o que dicha tarea le parezca pesada, ya estará modificando la forma de funcionar su cerebro, y la probabilidad de que se equivoque aumentará.

Si usted se encuentra de improviso frente a un león, sus sentidos harán llegar impulsos nerviosos a una estructura denominada “amígdala” – término procedente del griego “almendra”, y llamada así por su forma- situada en la zona del cerebro que conocemos como Sistema Límbico, sede de la gestión emocional. Su amígdala llevará a cabo un rápido proceso de confrontación de datos con “el departamento de archivos” -la memoria, situada en la misma zona- para confirmar ese potencial peligro. A continuación empezará a enviar a otra área del cerebro, denominada corteza motriz o córtex motor, señales nerviosas que activarán el movimiento de las extremidades, y al mismo tiempo desencadenará una cascada hormonal que acabará provocando la secreción de adrenalina, destinada a preparar su “caldera metabólica” para alimentar de energía las acciones musculares necesarias para el titánico esfuerzo de salvar la vida. En términos coloquiales, ese león “le ha dado un buen susto”. Ese susto es precisamente una emoción: todo ese maravilloso torbellino fisiológico depurado por millones de años de evolución.

¿Y ENTONCES QUÉ ES UN SENTIMIENTO?

Nuestro cerebro no permite distinguir un pensamiento racional de la emoción previa que lo condiciona, y a menudo origina. Pero todos los humanos cuando hemos vivido una emoción intensa podemos hacernos conscientes de ella, e incluso ponerle nombre: “tengo miedo”, en el anterior ejemplo del león. Esa toma de consciencia nos dispara a su vez una cadena de pensamientos –un diálogo interior-. Continuando con el ejemplo del león, el proceso podría ser algo así: “Tengo miedo. Los hombres no podemos tener miedo. Soy un guerrero y no puedo tener miedo, pero lo tengo. Soy un cobarde. Ya me lo decía mi padre”… ¡Y así sucesivamente!

El conjunto de la emoción, más la toma de conciencia de que experimentamos dicha emoción, más toda esta consiguiente elaboración mental constituyen el sentimiento. Y la importancia de distinguir entre emoción y sentimiento es crucial: la emoción es biológica y automática, y por tanto muy poco gestionable; en cambio la toma de consciencia y la “comida de coco” sí lo son mucho, y sabiéndolo podremos orientar la autogestión de manera muchísimo más eficaz.