13 ideas para hablar de factores humanos por Juan Carlos Barceló

Agradezco al profesor Barceló la utilización de mi libro “Mejor liderar que mandar” en su actividad en la IMF Bussines School.

7462 891

Artículo para la revista Tú mismo

 

 

Artículo para la Revista Tú mismo en la que hablo sobre las inseguridades  los miedos durante el periodo de vacaciones.
asdfsdfghvhziop

Artículo para cat.económica

He publicado un artículo para la revista cat.económica titulado Hoy “la vida pide gritar Sí al miedo”. En él hablo de como el miedo, debe formar parte de nuestro arsenal diario, como aliado y no como enemigo.  link al enlace.

 Imatge797

Adelanto un primer borrador de la introducción a mi futuro libro sobre los miedos

“Aquel que obtiene una victoria, sobre otro hombre es fuerte, pero quién obtiene una victoria sobre si mismo es poderoso”. Laò-Tse

“Contra lo oscuro, fracasa el yo”. Rilke 

PARA QUÉ SIRVE EL MIEDO. QUÉ SENTIDO TIENE

Vamos a darnos permiso para hacer una metáfora muy poco original y en algunos aspectos incorrecta, pero muy expresiva a la hora de entender para qué sirve el miedo: la de comparar al ser humano con un ordenador. En esta comparación «tan creativa», el cuerpo humano, y en especial el sistema nervioso -del cual el cerebro es la parte principal-, equivaldrían al hardware, y la mente –el producto de la actividad del sistema nervioso- sería el software. Como ejemplo nos puede ser útil si prescindimos del hecho de que, a diferencia de lo que ocurre en un ordenador, en el ser humano el software sí puede modificar el hardware: por ejemplo, si te pones a aprender un idioma, la zona del cerebro que se ocupa de ello se desarrolla; o si empiezas a trabajar como taxista crecerá la zona que se ocupa de la imaginación espacial para memorizar calles y recorridos, como se comprobó en un famoso experimento en el cual se efectuó la autopsia a taxistas londinenses –eso sí, previamente fallecidos-.

Continuando con esta metáfora, el miedo sería un software –un «paquete de programas»-destinado a evitar peligros antes de que se produzcan, o a reducir la exposición a ellos si ya se están produciendo. O lo que es lo mismo, a evitar situaciones, a protegerse durante las mismas, a huir de ellas, o incluso a atacar para finalizarlas por la vía rápida. De nacimiento disponemos de esta serie de «programas mentales» que forman parte esencial de nuestro «sistema operativo», están grabados a fuego en nuestra biología y su finalidad es detectar situaciones de peligro y posibles amenazas, y ayudarnos a superarlas con éxito… biológico, se entiende. Es decir, con lo que un mamífero inferior –un ñu, un antílope, un perro…- consideraría un éxito, que en general tiene poco que ver con el tipo de éxito que necesitamos hoy los humanos.

Para conseguir ese éxito biológico, estos programas se nutren tanto de la propia experiencia como de la experiencia de los otros –a través de relatos, mitos, tradiciones, consejos de mentores y líderes…-, con el fin de ir creando y alimentando incesantemente un «archivo» de situaciones de riesgo que permita prevenirlas anticipadamente. Y la palabra «anticipadamente» es muy importante: la máxima utilidad del miedo es evitar, es anticiparse a los peligros. Se trata de que el león no te coma, porque si ya te está devorando lo cierto es que el miedo ya no te sirve de gran cosa.

Salvo en casos de ciertas disfunciones psiquiátricas, como por ejemplo en psicopatías, el miedo es un compañero fiel desde el mismo momento de nuestro nacimiento. Tener miedo es lo normal y carecer de él es algo patológico. Aunque la ciencia ha demostrado que ya nacemos con algunos miedos «pregrabados» en nuestra biología, la gran mayoría los «aprendemos» viviendo. Podríamos decir que –salvo las citadas excepciones- nacemos con el mecanismo del miedo, y luego vamos decidiendo durante toda nuestra vida a qué queremos tener miedo, a qué cosas y situaciones aplicamos ese mecanismo. Por ejemplo, en un parque una madre ve a su hijo jugando con un perro de una raza de las consideradas peligrosas; el niño está tranquilo, es inconsciente, pero su madre se asusta y le dice « ¡cuidado con el perro!». Entonces el niño se asusta y se pone a llorar… ¿Qué ha grabado en su mente ese niño? ¿Este perro es peligroso? ¿Los perros como éste son peligrosos? ¿Los perros son peligrosos? ¿Todo lo que sea negro y de cuatro patas es peligroso?… ¡Quién sabe! Quizás ni el mismo llegará ser enteramente consciente a lo largo de toda su vida.

Lo normal es ir adquiriendo nuevos miedos –ir «ampliando el catálogo»- con la experiencia: a lo largo de nuestra vida vamos recogiendo nuevos posibles motivos de peligro, engrosando poco a poco nuestra colección. Por eso, parte de la natural pérdida de energía por la edad, con los años sueles tender a volverte más temeroso. Sin embargo, también del mismo modo existen antiguos miedos que se van desvaneciendo lentamente a medida que su recuerdo se difumina, desapareciendo de nuestra memoria por completo. Otros en cambio, sólo se adormecen… hasta que algo los despierta y recuperan toda su virulencia.

El miedo es uno de los principales mecanismos de defensa de la vida, y debemos estar muy agradecidos por tenerlo. Sin el miedo no hay supervivencia posible. Entonces, ¿por qué tiene tan mala prensa? La razón es que su forma de funcionar suele hacer que nos sintamos mal si no le hacemos caso, pero también si se lo hacemos. Por eso no lo queremos en nuestra vida. Nuestra relación con el miedo es ambivalente: intuimos que está ahí para ayudarnos,… pero al mismo tiempo lo rechazamos. La misma vida que nos da el miedo a la vez nos exige arriesgar. Y en lugar de integrar ambas cosas como partes inseparables del mismo mecanismo vital, nos creamos una visión polarizada: la ilusión y el valor son «buenos», las inseguridades y el miedo son «malos». Los primeros son «virtudes», los segundos son «defectos». A los primeros los queremos, a los segundos no…

Pasamos gran parte de nuestra existencia debatiéndonos entre ambos polos. Más adelante veremos por qué nos ocurre esto, pero ahora lo importante es ser conscientes de que sin darnos cuenta algo nos empuja a aceptar y a enorgullecernos de una parte de nuestra naturaleza, y a rechazar y avergonzarnos de la otra. ¡Eso! de «la otra», que tiene el mismo derecho a existir porque es tan parte de nosotros -y quizás incluso más- que la primera. Por eso no nos sorprende la cantidad de energía y el esfuerzo que acabamos dedicando a «superar» la inseguridad, a «vencer» el miedo -los anglosajones utilizan una expresión muy gráfica, «conquistar el miedo», que también implica luchar contra él a brazo partido-. ¡Cuántos relatos de héroes, cuántos rituales iniciáticos! ¡También cuánta ocultación, cuánta vergüenza, cuántas «comidas de coco»!

De hecho, la capacidad de enfrentarse al miedo ha servido durante milenios para medir cuánto «vale» una persona -su «valor», su «valía», su «validez»…-. Tal parece que no habría valor sin miedos que superar. Cuando no hay miedo, en lugar de valor tenemos inconsciencia. Cierto, rechazamos el miedo, pero… ¿Vemos algún mérito en la inconsciencia? ¿Nos parecería el ser inconscientes un objetivo tentador? ¿Le gustaría que aquellos a quienes más quiere fueran inconscientes? A veces admiramos a inconscientes tomándolos por valientes: es común que una observación superficial confunda ambas cosas cuando causan conductas similares. Pero no son lo mismo, el valor exige todo un trabajo interior de superación personal, que a su vez nos obliga a hacernos conscientes de nuestras fuerzas y de nuestras limitaciones, para enfrentarnos a ellas y llegar más allá de lo que parecía posible a priori. Por este motivo el miedo es el mejor creador de consciencia que tenemos: seamos agradecidos con él, porque sin él no hay consciencia… aunque también puede convertirse en el mejor destructor de consciencia. Veremos cómo funciona esto un poco más adelante.

El objetivo de estas páginas será trascender el aparente juego «sí a la ilusión-no al miedo» para encontrar otros caminos que nos lleven a integrar ambas polaridades, y así mejorar nuestra gestión día a día. Se me ocurre una imagen automovilística: las personas somos como vehículos automáticos, sin cambio de marchas, que tienen sólo dos pedales, el acelerador y el freno. El primero sería la ilusión y el segundo el miedo. ¿Me compraría usted el coche más divertido del mundo –sólo ilusión-, al que le hubiéramos quitado la parte aburrida, el freno? ¿No? ¿Me compraría entonces el coche más seguro del mundo –sólo freno-, sin acelerador? ¿Tampoco? Seguro que no tendría ningún problema jamás, lo dejaría en su aparcamiento y nunca le ocurriría ningún accidente… ¡Es evidente, para «conducir» nuestra vida necesitamos usar los dos pedales! La buena conducción se basa en saber manejar ambos con consciencia y con habilidad, de manera integrada, y mirando bien a la carretera… pero esto –que tiene toda la lógica del mundo- lo solemos perder de vista y no suele ser intuitivo en nuestra vida.

Queda claro, pues, que el miedo forma parte de nuestra naturaleza y que está ahí porque es necesario para sobrevivir. Sin embargo, por nuestra más compleja manera de ser con respecto a los demás mamíferos, también es la auténtica «zona de fricción» entre los instintos vitales y los impulsos que nacen de nuestra mente creativa, que nos empujan a explorar, a probar, a descubrir, a arriesgar… y también a aburrirnos si en nuestra vida domina demasiado la rutina. Parece que está en nuestra naturaleza el deseo de meternos en líos, y lógicamente a nuestros miedos no les falta el trabajo.

En conclusión, aunque intuitivamente lo que nos apetece es librarnos del miedo, esto sería un error garrafal. Afortunadamente no es posible, podemos librarnos de «un» miedo, pero «del» miedo. Forma parte de los mecanismos esenciales de la vida y lo necesitamos a nuestro lado. Sí es cierto que deberemos solucionar ese miedo bloqueante que surge de los intentos fallidos por controlarnos. Para lograrlo, en realidad lo que tendremos que hacer es todo lo contrario a lo que nos pide la intuición, es decir, escucharlo, aceptarlo y darle su espacio, para que nos aporte consciencia… y después saber cómo hacer para que no nos interfiera a la hora de decidir y de actuar.

No se trata de no tener miedo, sino de que el miedo no nos nuble la mente ni nos frene en la acción.

¡Podemos aprender cómo hacerlo, podemos tener al miedo de nuestra parte, y no en contra! Esta es la filosofía y es el sentido de este libro.

Art. Cómo hacer deporte con una vida laboral intensa y con responsabilidades familiares

En la vida actual, la tensión que soportamos no va seguida de la correspondiente actividad física liberadora, y esa energía que tenemos que disipar de manera inadecuada, nos “quema” por dentro (mal humor, agresividad, gritar en el fútbol…), y está en la base del fenómeno que denominamos “estrés”.

La actividad deportiva es la forma más natural de dar salida a esa tensión acumulada, pero para que sea sana y eficaz debe ser practicada con regularidad. Es decir, como ocurre en todos los aprendizajes, la principal dificultad es convertirla en un hábito. Dicho hábito debe ser creado y mantenido hoy en un entorno profesional difícil, a menudo inestable y siempre muy exigente psicológicamente.

En suma, cuanto más estresante es el entorno, más conviene desarrollar una práctica deportiva regular que reequilibre nuestro organismo, desahogando tensiones, “quemando” cortisol y preparándonos para los siguientes retos. Sin embargo, ese mismo entorno estresante dificulta la creación del hábito de la práctica deportiva.

Este artículo, fruto de la experiencia propia sumada a la de muchos profesionales que he podido conocer como consecuencia de mi actividad, pretende dar ciertas indicaciones que pueden aumentar entre los profesionales la probabilidad de éxito en crear y mantener un hábito de práctica deportiva. Para ello, expongo a continuación los criterios clave en forma de “key points”. Cuantos más ítems cumplamos, más aumentará nuestra probabilidad de éxito en consolidar dicho hábito y, por el contrario, cuantos más incumplimientos, mayor dificultad tendremos para ello.

En cualquier caso, piense que el hábito de hacer deporte se alcanza cuando “nos falta algo” si no lo practicamos. Y llegar a ese punto requiere cierto tiempo. Hasta entonces, necesitará fuerza de voluntad, y le puede ayudar mucho el dar con la compañía adecuada: un mentor, por ejemplo, alguien que ya haya alcanzado ese nivel y le ayude a llegar.

Un criterio que debe tener claro al principio es el de fijarse objetivos razonables: defínalos en función de su circunstancia personal, su salud y su posible dedicación. Ante la duda, usted es un profesional en su actividad laboral y le gusta que confíen en usted; haga usted lo mismo, y acuda a profesionales que le ayuden a establecer objetivos realistas. Los objetivos imposibles crean frustración y desmotivación; los objetivos muy fáciles, aburren.

Tiene que saber, además, que el desarrollo físico no se produce de forma gradual, sino “a tirones”, al igual que crecen los niños. Podrán pasar 2 o 3 meses de esfuerzo aparentemente estéril que un día darán fruto, y usted lo percibirá de manera repentina, “como si siempre hubiera estado allí”. No desespere, y no busque resultados en una semana. Crea en el trabajo, no en los milagros.

Tampoco acuda al centro de deporte para estresarse todavía más. El deporte exige esfuerzo, pero también paga con placer, con gratificación física y psicológica. Si es usted competitivo y se fija objetivos exigentes, quiere ser “el mejor” en todo y, en suma, lo vive como un trabajo adicional, en lugar de disminuir su nivel de estrés, lo aumentará.

Sentadas las premisas, vamos allá:

  1. Sea un poco “egoísta” para poder ser generoso: Es muy normal tener la sensación de que “robamos” tiempo a nuestra familia y/o a nuestro trabajo cuando vamos a hacer      deporte. Hay que luchar contra ese pensamiento negativo, ¡cuidar su maquinaria no es un capricho! El deporte aumenta el rendimiento laboral y mejora el humor; en la actualidad está demostrado científicamente. Por otra parte, ¿quién se beneficiaría de que usted quedase incapacitado antes de tiempo?, ¿o de que en su tercera edad pague el esfuerzo y quede en tal      estado que se  convierta en una      carga para su familia? Piense que los últimos 20 años, la edad de máximo riesgo para el infarto de miocardio se ha adelantado en 10 años: ahora  está en los 35…
  2. Los deportes individuales son más fáciles de   practicar que los de equipo: con lo complicada que está su agenda, imagine la dificultad de quedar con 3 personas  como usted para jugar a tenis, y no digamos ya para practicar fútbol… En cualquier caso, si se aburre sólo y únicamente se siente bien haciendo deporte con otros, busque un centro en el que sepa que habitualmente puede encontrarlos allí mismo, sin cita previa.
  3. Los deportes individuales sin hora fija de inicio      son más fáciles que aquellos que sí la tienen: Por ejemplo, si usted sigue un plan de fitness individual podrá  acudir a su centro a cualquier hora. Por el contrario, si practica aerobic o spinning, por ejemplo, y piensa que no va a llegar puntual, se desanimará y no acudirá. Además, si acude y pierde unos minutos, sentirá  que no “hace las cosas bien” o le costará ponerse a la altura de los otros (las clases están organizadas con una secuencia lógica de esfuerzos) y  perderá parte del placer del ejercicio.
  4. Disponga de planes de ejercicio flexibles: lo que importa es la regularidad, no la cantidad. Si  tiene la capacidad de ajustar sus planes de entrenamiento al tiempo  disponible, su probabilidad de éxito aumentará mucho, pues siempre saldrá  con la sensación de haber aprovechado el tiempo.
  5. La productividad es fundamental. Respete los descansos que le indiquen los expertos, pero elimine esos tiempos muertos de distracción o charla innecesaria. Si se practica bien y con concentración, en unos 45 minutos  de deporte habrá logrado un trabajo óptimo. El resto del tiempo se va en  comentarios, mirar por las ventanas, pensar en la última reunión…
  6. Busque un centro deportivo lo más próximo posible al  trabajo, reduciendo al máximo los desplazamientos. ¡Mejor no ir a un centro cercano a su casa! Siempre habrá una excusa “para subir un momento”… ¡cuidado!, si lo hace, se quedará allí. Por eso mismo, organícese para llevar encima   el equipo de deporte o tenerlo siempre preparado en una taquilla en el  propio centro deportivo.
  7. Aproveche sus “resquicios de tiempo”: ¿es necesario comer en 2 horas? Existen “bolsas de  tiempo” en su agenda diaria, son todas aquellas actividades que no le aportan valor y que le consumen tiempo como, por ejemplo, los  desplazamientos. Estructure su agenda para reducirlos. Reestructure sus comidas: un desayuno fuerte, además de mejorar su productividad, le permitirá comer ligero y en menos tiempo, para dedicar una hora al ejercicio. Por el mismo motivo, mejore su flexibilidad horaria durante el día, revise su rigidez mental: si se acostumbra a ir al gimnasio a horas diversas, aumentará el número de sesiones semanales que podrá efectuar. Este consejo será algo más difícil de seguir para aquellas personas que necesiten regularidad en su vida. En último extremo, va a depender de su trabajo: si es de horario regular, no tendrán problemas en este aspecto; por el contrario, quienes viajen o tengan horarios muy irregulares, necesitarán desarrollar esta capacidad precisamente para el mismo fin: consolidar el hábito.

En resumen, plantéese el ejercicio hoy en día como una necesidad para soportar lo que le viene encima. Pero vea también en ello una vía de crecimiento personal. Si lo contempla como un camino de largo recorrido, podrá fijarse objetivos razonables que le harán sentirse mejor. Por ejemplo, intente efectuar 2 sesiones durante la semana y otra en el fin de semana. Manteniendo esa frecuencia con regularidad, se sorprenderá de la magnitud de sus resultados. Ese crecimiento personal le dará enorme rentabilidad en forma de productividad y actitud positiva tanto en su trabajo como en su hogar. Pero toda rentabilidad exige una inversión y un tiempo de maduración. Persevere y concédaselo.

Al fin y al cabo, estará invirtiendo en su activo más valioso: usted mismo.

Art. ¿Es lo mismo emoción y sentimiento?

Este artículo resume y extracta algunos conceptos contenidos en mi libro “Mejor liderar que mandar”.

¿ES LO MISMO “EMOCIÓN” Y “SENTIMIENTO”?

Hay autores que utilizan indistintamente los términos “emoción” y “sentimiento”, aunque por mi experiencia no estoy muy de acuerdo, y vamos a ver por qué.

¿Alguna vez se ha planteado usted para qué tiene emociones? ¿Qué le aportan? Lo cierto es que nuestro cerebro “pensante” racional -básicamente nos referiremos al córtex prefrontal- es muy limitado para decidirlo todo en nuestra vida. Por eso reservamos nuestro cerebro racional para ciertas actividades, porque en otras supondría una limitación. ¿Se imagina decidir cada mañana basándose en el análisis racional qué zapato se pone primero? Jamás hubiéramos sobrevivido como especie de esa manera. Para que se haga una idea aproximada, su cerebro gestiona en un solo minuto unos 11.000 procesos mentales. De ellos, ¡sólo unos cincuenta son conscientes! ¡El grueso de nuestra vida transcurre en el inconsciente!

Con el fin de aligerar nuestros procesos de decisión disponemos de atajos, como por ejemplo los hábitos… y también de nuestras emociones, que nos predisponen en favor de ciertas opciones que intuimos -que nos “apetecen” más- y eso acelera el proceso de decisión. Está demostrado científicamente que el ser humano no es un “ser racional” como nos enseñaron en el colegio. En un año ya tan lejano como 1994, Antonio Damasio planteó que el ser humano no es un ser racional, sino un ser que razona sobre una base emocional previa que condicionará cómo va a pensar. Es decir, que primero sentimos y luego pensamos. Por lo tanto, la respuesta de nuestro cerebro ante los impulsos del entorno ya nace mezclando emociones y pensamiento en la inmensa mayoría de circunstancias. Por ejemplo, cuando usted calcula una simple operación aritmética es probable que no implique sus emociones, pero sólo con que tenga algo de prisa, o que dicha tarea le parezca pesada, ya estará modificando la forma de funcionar su cerebro, y la probabilidad de que se equivoque aumentará.

Si usted se encuentra de improviso frente a un león, sus sentidos harán llegar impulsos nerviosos a una estructura denominada “amígdala” – término procedente del griego “almendra”, y llamada así por su forma- situada en la zona del cerebro que conocemos como Sistema Límbico, sede de la gestión emocional. Su amígdala llevará a cabo un rápido proceso de confrontación de datos con “el departamento de archivos” -la memoria, situada en la misma zona- para confirmar ese potencial peligro. A continuación empezará a enviar a otra área del cerebro, denominada corteza motriz o córtex motor, señales nerviosas que activarán el movimiento de las extremidades, y al mismo tiempo desencadenará una cascada hormonal que acabará provocando la secreción de adrenalina, destinada a preparar su “caldera metabólica” para alimentar de energía las acciones musculares necesarias para el titánico esfuerzo de salvar la vida. En términos coloquiales, ese león “le ha dado un buen susto”. Ese susto es precisamente una emoción: todo ese maravilloso torbellino fisiológico depurado por millones de años de evolución.

¿Y ENTONCES QUÉ ES UN SENTIMIENTO?

Nuestro cerebro no permite distinguir un pensamiento racional de la emoción previa que lo condiciona, y a menudo origina. Pero todos los humanos cuando hemos vivido una emoción intensa podemos hacernos conscientes de ella, e incluso ponerle nombre: “tengo miedo”, en el anterior ejemplo del león. Esa toma de consciencia nos dispara a su vez una cadena de pensamientos –un diálogo interior-. Continuando con el ejemplo del león, el proceso podría ser algo así: “Tengo miedo. Los hombres no podemos tener miedo. Soy un guerrero y no puedo tener miedo, pero lo tengo. Soy un cobarde. Ya me lo decía mi padre”… ¡Y así sucesivamente!

El conjunto de la emoción, más la toma de conciencia de que experimentamos dicha emoción, más toda esta consiguiente elaboración mental constituyen el sentimiento. Y la importancia de distinguir entre emoción y sentimiento es crucial: la emoción es biológica y automática, y por tanto muy poco gestionable; en cambio la toma de consciencia y la “comida de coco” sí lo son mucho, y sabiéndolo podremos orientar la autogestión de manera muchísimo más eficaz.

Artículo para Revista Valors y entrevista radiofónica

He colaborado con la Associació Cultural Valors,  publicando en la revista Valors de este mes de Enero el siguiente artículo, en el que hablo sobre la flexibilidad, acompañado de una entrevista radiofónica sobre el mismo tema (minuto 18:45).

Revista Valors Gener-2011 Portada 001 Revista Valors Gener-2011 Entrevista 001 Revista Valors Gener-2011 Entrevista cont 001